Estaba cansada, muy cansada. Los pies le dolían a horrores y las sombras ya no le parecían tan acojedoras como lo eran antaño. Quería explorar más allá del límite de color negro, quería plantarse delante de aquella niña y recuperar sus botas. Pero no sabía cómo hacerlo. En aquél momento estaban paradas; las chicas sentadas en la hierba, comiendo un poco de pan y queso. Ella esperaba allá arriba, en los árboles. Tumbada sobre una rama, agarrada a la madera con las uñas. Sus ojos no se apartaban de los cordones verde fosforito que brillaban en los pies de la princesa. ¿Acaso las princesas no tienen de todo como para quitarle a ella sus bonitas botas? No le parecía justo. El pelaje de su lomo se erizó ante sus pensamientos, e incluso se dispuso a atacar. Pero de pronto, de la nada, una nube de color verde apareció ante ella. De la nube apareció una cabeza; una persona de rasgos indefinidos, ocultos bajo el ala del sombrero con pico que llevaba. Extrañamente, aquella imagen tranquilizó a la gata, que se limitó a agarrarse a la rama mientras esperaba algun movimiento de aquella cosa.
¿Echas de menos tus botas? ¿Quieres recuperarlas?
La voz masculina que llegaba de aquella nube la sorprendió, pero lentamente asintió con la cabeza. Era lo que más deseaba. Aquellas eran sus botas, y haría cualquier cosa por recuperarlas. Cualquier cosa. Una suave risa escapó de la imagen eterea de aquel ser, mientras una vaporosa mano se materializaba delante del felino.
Acompáñame. No tengas miedo. Seremos amigos... Y recuperarás tus botas.
El ronroneo sedante de la nube la iba guiando por las ramas de los árboles, hasta internarla en un pequeño pasadizo oscuro. Allí se perdió, apareciendo en quién sabe dónde.
Pero ese asunto no les importaba a ellas dos. Comían tiradas en la hierba, bajo la cálida luz del sol. La princesa sonreía y no paraba de charlar y charlar. Se la notaba animada.No paraba de explicarle todas las cosas que quería vivir, los lugares que quería visitar. Se apuntó a todas y cada una de las aventuras que Lu le iba explicando de los cuentos que se sabía. Prometieron que juntas irían a salvar a una princesa india de las manos de los piratas acompañadas de Peter Pan; cocerían al lobo en agua hirviente con los tres cerditos; volarían sobre una alfombra mágica con Aladdin y el genio de la lampara; nadarían por las profundidades con la Sirenita. Pero entonces Lu le explicó una historia mucho más impactante que las demás. Más terrorífica, más cercana, más real. Su historia. Como sin saber por qué, al esconderse bajo la cama, había caido como Alicia al País de las Maravillas, aunque no fuera el mismo lugar. Cómo había encontrado un caminito de baldosas mandarina, parecidas a las del Mago de Oz. Cómo llegó a la casita donde vivían aquellos orcos que parecían tan malos, pero eran tan dulces como el azúcar, que le recordaron al cuento de Ricitos de Oro. Y, finalmente, su propia historia, la que le recordaba a la de la bella princesa Rapunzel.
Dime, pequeña, ¿la historia de esa princesa terminaba bien?
Lu asintió con una sonrisa que solo puede verse en el rostro de los niños, los que tan solo conocen los finales felices. Después de aquella larga charla, y de reponer fuerzas comiendo, las chicas se levantaron y siguieron su camino. Allá, a lo lejos, se veían unos altos molinos.
¿Te dejarás vencer por las tentaciones de la oscuridad?
miércoles 2 de septiembre de 2009
martes 11 de agosto de 2009
Con botas y a lo loco
Quiero subir ahí arriba. Quiero llegar hasta la princesa para casarme con ella y quedarme con su reino.
El príncipe seguía hablando y hablando, mientras la princesa cantaba. Lu miró al joven, extrañada. La noche anterior había recorrido toda la torre por fuera y no había visto ninguna puerta por la que entrar. ¿Cómo pensaba entonces trepar el príncipe? Algo empezó a descender desde la ventana.
Poco a poco, empezó a distinguir qué era. Una larga melena de color negro iba descendiendo, hasta que llegó al suelo. Estaba trenzada, con un bonito lazo de color lila. Fascinada por aquella imagen, la niña acercó su mano a aquella trenza, descubriendo el suave tacto del cabello. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, pero rápidamente fue arrancada por las manos del príncipe.
Es mía. La princesa es mía y de nadie más.
Lo vio agarrándose a aquél bello cabello, trepando por él sin ningún tipo de cortesía. Aquello la enfadó de mala manera. Tanto que cuando el torpe del príncipe ya estaba bastante arriba, ella cogió también la trenza, con mucho cuidadito y sin pegar tirones. Poco a poco, iba subiendo por la pared. Ya casi estaba en la ventana, cuando algo tiró del cabello, arrastrándola al interior. Tan fuerte fue la sacudida, que terminó debajo de la cama que había en la sala. Instintivamente, se llevó las manos a la boca, para quedarse completamente en silencio.
Ahora eres mía, princesa, mía y de nadie más. Y me casaré contigo, y me quedaré con tu reino. Y esto me lo llevo, para que nadie más que yo pueda subir.
Desde los bajos de la cama, Lu vio cómo el malado principe cortaba la trenza de la princesa. Y bajó por ella, llevándosela. Aún así, Lu se quedó debajo de la cama, calladita, por si a caso. Tan solo lograba escuchar las tristes lágrimas de la pobre princesa. Salió despacito, sin querer asustar a la princesa. Pero esta estaba tan triste que, cuando la vio, lo único que hizo fue abrazarla.
Pobre, pobre de mí, que me tendré que casar con ese príncipe tan mezquino y cruel.
No sabía qué hacer. Quería ayudar a la princesa de librarse de aquél apuro. Y empezó a pensar la manera de hacerlo.
Princesa, ¿queréis acompañarme en un pequeño viaje? Me podréis ayudar a buscar a la bruja de la Nube, y a la vez os libraréis del príncipe que os persigue.
No se lo pensó dos veces. En un par de minutos, las dos chicas andaban arrancándo telas de las sabanas y los cortinajes, haciendo una larga cuerda con la que llegar al suelo. Pero no contenta con ello, la princesa le quiso dar un escarmiento al príncipe. Se quitó sus aparatosas y bellas ropas, vistiendo con ellas a un par de las almohadas. Como su larga melena ahora no le llegaba más que por los hombros, con rasgar un trozo de tela negra sirvió. Y dejando aquél señuelo sobre la cama, las dos chicas descendieron al suelo.
Pero yo no puedo caminar con estos tacones. Son tan molestos...
Entonces Lu tuvo una idea. De su pequeño saquito, sacó las botas que encontró en el bosque. Se las puso a la princesa, lanzando los bonitos zapatos a los matorrales.
Primero una orejita, después la otra, y las juntamos con un bonito nudo. Y ya tenemos un bonito conejito.
Y así, con ropas ordinarias y una botas viejas con cordones color verde, la princesa y la pequeña Lu emprendieron su camino hacia la aventura. Siempre seguidas por la mirada felina, y ahora enfadada, de aquella sombra.
¿Quién es tan cruel como para hacer llorar a una princesa?
El príncipe seguía hablando y hablando, mientras la princesa cantaba. Lu miró al joven, extrañada. La noche anterior había recorrido toda la torre por fuera y no había visto ninguna puerta por la que entrar. ¿Cómo pensaba entonces trepar el príncipe? Algo empezó a descender desde la ventana.
Poco a poco, empezó a distinguir qué era. Una larga melena de color negro iba descendiendo, hasta que llegó al suelo. Estaba trenzada, con un bonito lazo de color lila. Fascinada por aquella imagen, la niña acercó su mano a aquella trenza, descubriendo el suave tacto del cabello. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, pero rápidamente fue arrancada por las manos del príncipe.
Es mía. La princesa es mía y de nadie más.
Lo vio agarrándose a aquél bello cabello, trepando por él sin ningún tipo de cortesía. Aquello la enfadó de mala manera. Tanto que cuando el torpe del príncipe ya estaba bastante arriba, ella cogió también la trenza, con mucho cuidadito y sin pegar tirones. Poco a poco, iba subiendo por la pared. Ya casi estaba en la ventana, cuando algo tiró del cabello, arrastrándola al interior. Tan fuerte fue la sacudida, que terminó debajo de la cama que había en la sala. Instintivamente, se llevó las manos a la boca, para quedarse completamente en silencio.
Ahora eres mía, princesa, mía y de nadie más. Y me casaré contigo, y me quedaré con tu reino. Y esto me lo llevo, para que nadie más que yo pueda subir.
Desde los bajos de la cama, Lu vio cómo el malado principe cortaba la trenza de la princesa. Y bajó por ella, llevándosela. Aún así, Lu se quedó debajo de la cama, calladita, por si a caso. Tan solo lograba escuchar las tristes lágrimas de la pobre princesa. Salió despacito, sin querer asustar a la princesa. Pero esta estaba tan triste que, cuando la vio, lo único que hizo fue abrazarla.
Pobre, pobre de mí, que me tendré que casar con ese príncipe tan mezquino y cruel.
No sabía qué hacer. Quería ayudar a la princesa de librarse de aquél apuro. Y empezó a pensar la manera de hacerlo.
Princesa, ¿queréis acompañarme en un pequeño viaje? Me podréis ayudar a buscar a la bruja de la Nube, y a la vez os libraréis del príncipe que os persigue.
No se lo pensó dos veces. En un par de minutos, las dos chicas andaban arrancándo telas de las sabanas y los cortinajes, haciendo una larga cuerda con la que llegar al suelo. Pero no contenta con ello, la princesa le quiso dar un escarmiento al príncipe. Se quitó sus aparatosas y bellas ropas, vistiendo con ellas a un par de las almohadas. Como su larga melena ahora no le llegaba más que por los hombros, con rasgar un trozo de tela negra sirvió. Y dejando aquél señuelo sobre la cama, las dos chicas descendieron al suelo.
Pero yo no puedo caminar con estos tacones. Son tan molestos...
Entonces Lu tuvo una idea. De su pequeño saquito, sacó las botas que encontró en el bosque. Se las puso a la princesa, lanzando los bonitos zapatos a los matorrales.
Primero una orejita, después la otra, y las juntamos con un bonito nudo. Y ya tenemos un bonito conejito.
Y así, con ropas ordinarias y una botas viejas con cordones color verde, la princesa y la pequeña Lu emprendieron su camino hacia la aventura. Siempre seguidas por la mirada felina, y ahora enfadada, de aquella sombra.
¿Quién es tan cruel como para hacer llorar a una princesa?
viernes 7 de agosto de 2009
¿El príncipe no era azul?
Caminó y caminó, sintiéndo como las galletas le llegaban a los pies. Pronto anochecería, y ella seguía perdida por aquél extraño bosque sin saber a donde ir. Tan solo quería encontrar a Zoe. Era lo único que quería.
Las setas eran cada vez más bajitas y menos seguidas, dejando ver a ratos el cielo cada vez más oscuro. Un grupito de luciérnagas se habían decidido a acompañar a Lu, alumbrándole así el camino por el bosque, y haciéndole cosquillas para animarla de vez en cuando. Suerte que la sombra que la seguía no lo necesitaba... El brillo de sus afilados dientes era más que suficiente luz para él, aunque fuera capaz de ver en la noche.
Las nubes en el cielo se apartaron, dejando ver un río de estrellas, la luna, y algo más. Una alta torre, que jugaba a tocar las esponjosas nubes de allá arriba, se alzaba iluminada por la cálida luz del satélite nocturno. Lu no se dio cuenta, pero la luna no era como la que ella conocía. Era de un color más anaranjado, y era un perfecto queso de grulleg, con sus ratoncitos correteando por el interior. Pero ella no se dio cuenta, por que estaba deslumbrada por aquella torre. Aquella torre a la que no tardó en acercarse.
Sus pasos eran cortos y, aún así, no tardó mucho en llegar a los pies de esta. Colocó su manita sobre la superficie rugosa de la torre, dando un volteo a su alrededor. Y cuando se quiso dar cuenta, acabó sentada a los pies de esta, quedándose dormida sobre un pequeño helecho de hojas.
Antes si quiera que saliera el sol, cuando los ratoncitos estaban a punto de terminar de comerse a la luna, algo la despertó. Una voz asustadiza, temerosa de hablar. Cuando miró, un chico algo escuálido, vestido completamente de verde, con el cabello muy oscuro y rizado, se acercaba medio encorbado hacia la niña.
¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi torre? ¡Esta es mi torre!
Aunque le costaba hablar por los tartamudeos, Lu consiguió entender algunas de las frases. Se excusó, explicando que no sabía donde estaba, que sólo le gustaba la torre.
Esta torre es mía, por que yo seré quien se case con la princesa que vive en su interior. ¡Canta, princesa, canta!
Y la princesa no tardó en hacerlo. Sacó su cabeza por la ventana, pero estaba tan y tan arriba que apenas si se diferenciaban sus rasgos. Y empezó a cantar, con una voz tan potente y hermosa, que Lu se olvidó completamente de lo que hacía, de por qué estaba ahí, y de ese príncipe vestido de color verde.
Yo seré el que se case con la princesa para conseguir su reino. Ya lo verás, niña, ya lo verás.
¿Por qué las cosas nunca son lo que parecen?
Las setas eran cada vez más bajitas y menos seguidas, dejando ver a ratos el cielo cada vez más oscuro. Un grupito de luciérnagas se habían decidido a acompañar a Lu, alumbrándole así el camino por el bosque, y haciéndole cosquillas para animarla de vez en cuando. Suerte que la sombra que la seguía no lo necesitaba... El brillo de sus afilados dientes era más que suficiente luz para él, aunque fuera capaz de ver en la noche.
Las nubes en el cielo se apartaron, dejando ver un río de estrellas, la luna, y algo más. Una alta torre, que jugaba a tocar las esponjosas nubes de allá arriba, se alzaba iluminada por la cálida luz del satélite nocturno. Lu no se dio cuenta, pero la luna no era como la que ella conocía. Era de un color más anaranjado, y era un perfecto queso de grulleg, con sus ratoncitos correteando por el interior. Pero ella no se dio cuenta, por que estaba deslumbrada por aquella torre. Aquella torre a la que no tardó en acercarse.
Sus pasos eran cortos y, aún así, no tardó mucho en llegar a los pies de esta. Colocó su manita sobre la superficie rugosa de la torre, dando un volteo a su alrededor. Y cuando se quiso dar cuenta, acabó sentada a los pies de esta, quedándose dormida sobre un pequeño helecho de hojas.
Antes si quiera que saliera el sol, cuando los ratoncitos estaban a punto de terminar de comerse a la luna, algo la despertó. Una voz asustadiza, temerosa de hablar. Cuando miró, un chico algo escuálido, vestido completamente de verde, con el cabello muy oscuro y rizado, se acercaba medio encorbado hacia la niña.
¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi torre? ¡Esta es mi torre!
Aunque le costaba hablar por los tartamudeos, Lu consiguió entender algunas de las frases. Se excusó, explicando que no sabía donde estaba, que sólo le gustaba la torre.
Esta torre es mía, por que yo seré quien se case con la princesa que vive en su interior. ¡Canta, princesa, canta!
Y la princesa no tardó en hacerlo. Sacó su cabeza por la ventana, pero estaba tan y tan arriba que apenas si se diferenciaban sus rasgos. Y empezó a cantar, con una voz tan potente y hermosa, que Lu se olvidó completamente de lo que hacía, de por qué estaba ahí, y de ese príncipe vestido de color verde.
Yo seré el que se case con la princesa para conseguir su reino. Ya lo verás, niña, ya lo verás.
¿Por qué las cosas nunca son lo que parecen?
sábado 25 de julio de 2009
De cordones color verde
Cuando por fin la mujer consiguió dejar de llorar, Lu les miró con preocupación.
¿Han visto una muñequita escapar de la casa? Venía conmigo, pero de pronto no está.
Ahora era su turno de llorar. Pero no, no quería llorar, por que ella era una chica fuerte. Y las chicas fuertes no lloran. La mujer verdosa la abrazó, con aquellos brazos tan fuertes y verdes. El hombre, en cambio, se sentó ante el la chimenea con la mirada fija en las llamas purpuras que chispeaban en frente de sí.
Ha sido la bruja. La bruja se ha llevado a tu muñeca. Siempre te quita todo aquello a lo que amas.
Nadie se dio cuenta, pero una mirada de terror cruzó la habitación, clavándose por unos instantes en la mujer que abrazaba con fuerza a la pequeña. Por que, para él, ahora su mayor temor era perderla a ella, al amor de su vida.
Debes encontrarla. Debes buscar ayuda.
Los hombres no lloran. Por lo que simplemente miró fijamente al fuego, agachando la mirada. Era demasiado tarde para ellos. Pero, quizás, aún había esperanza para Lu y su pequeña muñeca.
Un pequeño saquito con el resto de galletas y una botellita de leche era todo lo que llevaba cuando salió de la gran seta. La pareja la despedía desde la puerta, recordándole que si necesitaba un lugar al que regresar, aquél podía ser su hogar. Y echó a caminar, ya no por las baldosas de mandarina, ni disfrutando aquél agradable olor, si no por mitad del bosque, de la oscuridad, de las nubes que poblaban el cielo. Hasta que los vio. Colgados de una rama baja, enganchados con las ramitas preparadas para salir, unos largos cordones de color verde. Pero verde chillón, de ese que te llama la atención. Como los que usaba mamá para subrayar sus hojas. Y al final de los cordones, unas viejas botas usadas.
¿De quién serán? Tiene que estar haciéndose daño en los pies.
Se acercó a ellas, cogiéndolas y echándoselas al hombro. Quizás, con un poco de suerte, encontrara al portador de aquellas botas viejas. Y quizás, con un poco más de suerte, éste –o ésta, quien sabe-, se ofrecería a ayudarla.
Y cargada con un saquito con el resto de galletas y una botellita de leche, y ahora también unas gastadas botas con cordones verde chillón, siguió caminando por aquél bosque de hongos gigantes, sin advertir la felina mirada que perseguía a su sombra por todos los lados. Y, con un suave toque de garra, aquél felino se guardó la sombra de Lu dentro del sombrero. Todo fuera por recuperar sus botas… o conseguir unas nuevas.
¿Necesitaremos las siete vidas para contártelo?
¿Han visto una muñequita escapar de la casa? Venía conmigo, pero de pronto no está.
Ahora era su turno de llorar. Pero no, no quería llorar, por que ella era una chica fuerte. Y las chicas fuertes no lloran. La mujer verdosa la abrazó, con aquellos brazos tan fuertes y verdes. El hombre, en cambio, se sentó ante el la chimenea con la mirada fija en las llamas purpuras que chispeaban en frente de sí.
Ha sido la bruja. La bruja se ha llevado a tu muñeca. Siempre te quita todo aquello a lo que amas.
Nadie se dio cuenta, pero una mirada de terror cruzó la habitación, clavándose por unos instantes en la mujer que abrazaba con fuerza a la pequeña. Por que, para él, ahora su mayor temor era perderla a ella, al amor de su vida.
Debes encontrarla. Debes buscar ayuda.
Los hombres no lloran. Por lo que simplemente miró fijamente al fuego, agachando la mirada. Era demasiado tarde para ellos. Pero, quizás, aún había esperanza para Lu y su pequeña muñeca.
Un pequeño saquito con el resto de galletas y una botellita de leche era todo lo que llevaba cuando salió de la gran seta. La pareja la despedía desde la puerta, recordándole que si necesitaba un lugar al que regresar, aquél podía ser su hogar. Y echó a caminar, ya no por las baldosas de mandarina, ni disfrutando aquél agradable olor, si no por mitad del bosque, de la oscuridad, de las nubes que poblaban el cielo. Hasta que los vio. Colgados de una rama baja, enganchados con las ramitas preparadas para salir, unos largos cordones de color verde. Pero verde chillón, de ese que te llama la atención. Como los que usaba mamá para subrayar sus hojas. Y al final de los cordones, unas viejas botas usadas.
¿De quién serán? Tiene que estar haciéndose daño en los pies.
Se acercó a ellas, cogiéndolas y echándoselas al hombro. Quizás, con un poco de suerte, encontrara al portador de aquellas botas viejas. Y quizás, con un poco más de suerte, éste –o ésta, quien sabe-, se ofrecería a ayudarla.
Y cargada con un saquito con el resto de galletas y una botellita de leche, y ahora también unas gastadas botas con cordones verde chillón, siguió caminando por aquél bosque de hongos gigantes, sin advertir la felina mirada que perseguía a su sombra por todos los lados. Y, con un suave toque de garra, aquél felino se guardó la sombra de Lu dentro del sombrero. Todo fuera por recuperar sus botas… o conseguir unas nuevas.
¿Necesitaremos las siete vidas para contártelo?
jueves 23 de julio de 2009
Galletas
¿Queréis saber un secreto? Lu abrió la puerta.
Poquito a poco, con miedo, pero con mucha más curiosidad, sus dedos acariciaron el pomo blanquecino de la puerta. Al abrirse, no hizo ningun ruido. Y como una bofetada invisible, el olor a galletas le golpeó en la cara.
Sí, es hora de merendar.
Tenía hambre. Y sed. Y, simplemente, se dejó llevar por aquél delicioso olor que llenaba sus pulmones y hacía su boca agua. Tan ensimismada iba, que no se fijó en el lugar en el que estaba, ni si había más gente. No, era la hora de merendar, y unas jugosas galletas le esperaban al final del pasillo. Y no solo eso.
Una mesa. Dos sillas y una trona. Todas de color verde pastel, a conjunto con el resto de la decoración. Y delante de cada una de las sillas, un bol con leche y unas galletas al lado. Uno de los boles, contenía una leche tan caliente que humeaba. Y sus galletas eran de chocolate. El otro, tenía la leche muy, muy fría. Y estaba acompañado de galletas con trocitos de fresa. El más pequeñito de todos, tenía la leche tibia, en el punto justo. Y con galletas normales, con formas divertidas, dulces. Las que más le gustaban.
Y mientras merendaba, no se dio cuenta de que Zoe ya no estaba a su lado. Tampoco vio como dos figuras enormes se acercaban lentamente a ella. No vio que no eran los tres ositos. A fin de cuentas, ella tampoco era Ricitos de Oro. Pero cuando terminó de tomar la leche, los vio. Y no pudo evitar gritar de pavor.
Se ha bebido la leche de nuestro pequeño. Nuestro pequeño, que no va a volver. Y sus galletas, sus favoritas, las que le dio la bruja para engañarle.
Aunque el aspecto que mostraban era terrorífico, no tardó en darse cuenta de que no eran seres malvados. Notaba el dolor de sus corazones por la perdida de su hijo. Notaba el amor que sentían el uno por el otro. La mujer, más pequeñita y de un color verdoso más clarito que él, se echó a llorar en brazos de su amado, maldiciendo por lo bajo (pero muy por lo bajo, que hay niños delante) a una tal Bruja de la Nube.
Lu consoló a la mujer, y le preparó más galletas, con frutitas, las que le gustaban a ella.
¿Dónde está Zoe?
Se dio cuenta demasiado tarde de que su amiga, su única amiga, había desaparecido.
Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes... ¿Vamos a buscarlo?
Poquito a poco, con miedo, pero con mucha más curiosidad, sus dedos acariciaron el pomo blanquecino de la puerta. Al abrirse, no hizo ningun ruido. Y como una bofetada invisible, el olor a galletas le golpeó en la cara.
Sí, es hora de merendar.
Tenía hambre. Y sed. Y, simplemente, se dejó llevar por aquél delicioso olor que llenaba sus pulmones y hacía su boca agua. Tan ensimismada iba, que no se fijó en el lugar en el que estaba, ni si había más gente. No, era la hora de merendar, y unas jugosas galletas le esperaban al final del pasillo. Y no solo eso.
Una mesa. Dos sillas y una trona. Todas de color verde pastel, a conjunto con el resto de la decoración. Y delante de cada una de las sillas, un bol con leche y unas galletas al lado. Uno de los boles, contenía una leche tan caliente que humeaba. Y sus galletas eran de chocolate. El otro, tenía la leche muy, muy fría. Y estaba acompañado de galletas con trocitos de fresa. El más pequeñito de todos, tenía la leche tibia, en el punto justo. Y con galletas normales, con formas divertidas, dulces. Las que más le gustaban.
Y mientras merendaba, no se dio cuenta de que Zoe ya no estaba a su lado. Tampoco vio como dos figuras enormes se acercaban lentamente a ella. No vio que no eran los tres ositos. A fin de cuentas, ella tampoco era Ricitos de Oro. Pero cuando terminó de tomar la leche, los vio. Y no pudo evitar gritar de pavor.
Se ha bebido la leche de nuestro pequeño. Nuestro pequeño, que no va a volver. Y sus galletas, sus favoritas, las que le dio la bruja para engañarle.
Aunque el aspecto que mostraban era terrorífico, no tardó en darse cuenta de que no eran seres malvados. Notaba el dolor de sus corazones por la perdida de su hijo. Notaba el amor que sentían el uno por el otro. La mujer, más pequeñita y de un color verdoso más clarito que él, se echó a llorar en brazos de su amado, maldiciendo por lo bajo (pero muy por lo bajo, que hay niños delante) a una tal Bruja de la Nube.
Lu consoló a la mujer, y le preparó más galletas, con frutitas, las que le gustaban a ella.
¿Dónde está Zoe?
Se dio cuenta demasiado tarde de que su amiga, su única amiga, había desaparecido.
Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes... ¿Vamos a buscarlo?
lunes 6 de julio de 2009
Baldosas de mandarina
Había escuchado hablar del camino de baldosas amarillas, el mismo que llevaba hasta la tierra de Oz. Pero no, el camino que había delante de ella era naranja, clarito, con un fuerte olor a mandarina. Agarró con fuerza a Zoe, su compañera infatigable de aventuras. Una muñeca de trapo, algo gastada por los años, pero siempre con una bonita sonrisa bordada; y sólo para ella.
Un paso, dos pasos, tres pasos. Ni rastro del espantapájaros. Ni el león, ni el hombre de ojalata. ¿Dónde estaban todos? Quizás aquella no era la tierra de Oz, por ello las baldosas eran color mandarina. Y entonces, ¿qué encontraría ella?
Sigue el camino. Sigue el camino.
Pero el camino terminó pronto. Un gran muro le cortaba el paso.
¿Y ahora?
No había vuelta atrás. Tampoco podía seguir hacia delante. ¿Qué hacer en un caso así? Tomar la ruta alternativa. Comenzó a caminar por aquél bosque extraño. No había árboles, ni matorrales. Tan solo setas de distintos tamaños y colores. Y un fuerte olor a frutas silvestres lo cubría todo. Y a lo lejos, una casita. Paró en seco.
Espero que no sea de chocolate aunque... Debe ser la hora de merendar.
Se llevó el dedo índice a los labios, mandando a callar a Zoe. Cogió con fuerza su manita de trapo, comenzando a caminar hacia la casa. No, no era de chocolate. Era blanca como la leche, el tejado rojo con topitos amarillos. Un agradable olor a galletas recién hechas acompañaba el claro humo de la chimenea, mezclado a la vez con olor a humedad, a barro, a soledad. No se escuchaba la risa de la bruja. Seguramente, no lo sería. Quizás, detrás de esa puerta, encontraría respuestas.
¿Quien dijo que todos los monstruos fueran malos?
Un paso, dos pasos, tres pasos. Ni rastro del espantapájaros. Ni el león, ni el hombre de ojalata. ¿Dónde estaban todos? Quizás aquella no era la tierra de Oz, por ello las baldosas eran color mandarina. Y entonces, ¿qué encontraría ella?
Sigue el camino. Sigue el camino.
Pero el camino terminó pronto. Un gran muro le cortaba el paso.
¿Y ahora?
No había vuelta atrás. Tampoco podía seguir hacia delante. ¿Qué hacer en un caso así? Tomar la ruta alternativa. Comenzó a caminar por aquél bosque extraño. No había árboles, ni matorrales. Tan solo setas de distintos tamaños y colores. Y un fuerte olor a frutas silvestres lo cubría todo. Y a lo lejos, una casita. Paró en seco.
Espero que no sea de chocolate aunque... Debe ser la hora de merendar.
Se llevó el dedo índice a los labios, mandando a callar a Zoe. Cogió con fuerza su manita de trapo, comenzando a caminar hacia la casa. No, no era de chocolate. Era blanca como la leche, el tejado rojo con topitos amarillos. Un agradable olor a galletas recién hechas acompañaba el claro humo de la chimenea, mezclado a la vez con olor a humedad, a barro, a soledad. No se escuchaba la risa de la bruja. Seguramente, no lo sería. Quizás, detrás de esa puerta, encontraría respuestas.
¿Quien dijo que todos los monstruos fueran malos?
jueves 2 de julio de 2009
Poco a poco
Dentro de mi mundo, en mi mundo, con mis sueños y mis canciones. Yo voy creciendo, poco a poco, saboreando cada minuto como un tesoro. Todos me están machacando con el rollo de que me haga mayor, que intente ser más madura, que la vida es complicada y dura. ¿Pero por qué tengo que hacerme mayor? ¿Para vivir a su ritmo estresante? Con depresiones y desengaños, para eso quieren que nos hagamos mayores.
¿Sabes qué te digo? Que yo estoy bien como estoy. Con todos los gorriones volando sobre mi cama. Dentro de mi mundo, en mi mundo, con mis sueños y mis canciones. Yo voy creciendo, poco a poco, a mi ritmo y pasando de todo. Dentro de mi mundo, en mi mundo, sin malos rollos i sin presiones. Yo voy creciendo, poco a poco, saboreando cada minuto como un tesoro.
Pero me vuelven con la canción: espabila o no harás nada bueno. A todas horas, en casa, en la escuela, estudia que no rascas bola. ¿Pero por qué tengo que estudiar? Si la rueda ya me atrapará. No quiero perder los mejores momentos aprendiendo que pasó hace tiempo.
Mamá, yo te digo, que ya estoy bien como estoy. Con todos los gorriones volando sobre mi cama. Dentro de mi mundo, en mi mundo, con mis sueños y mis canciones. Yo voy creciendo, poco a poco, a mi ritmo y pasando de todo. Dentro de mi mundo, en mi mundo, sin malos rollos i sin presiones. Yo voy creciendo, poco a poco, saboreando cada minuto como un tesoro.
Gritos. Peleas. Sueños que resbalan de las manos y se estampan contra el suelo, haciendose añicos. Pesadillas. Paranoyas. Responsabilidad, y más, y más, y más. Cada vez menos tiempo para perderse por los recovecos de la imaginación y crear ilusiones con un lápiz. Y no, no estaba de acuerdo.
Lu era su nombre. Quizás aún lo sea, quizás siga perdida por este o aquél mundo, contando cuantos puntos tienen las mariquitas en el caparazón, o saludando a las estrellas que descansan sobre las nubes de algodón. Pero lo que sí es cierto, y seguro, es que ella nunca quiso crecer. Quería ser como Peter Pan y volar hasta el país de Nunca Jamás, hacerse amiga de Campanilla, luchar contra los piratas, celebrar fiestas con los indios. Pero por más que dejara la ventana abierta y leyera cuentos de fantasía, Peter jamás la visitó. Estúpida Wendy, sólo puedes ir tú. Así que decidió buscar su propio Nunca Jamás. Y cada día, a media tarde, se escurría a las sombras que había bajo su cama, dejándose caer por aquél hueco hasta aquél extraño lugar. Se sentía como Alicia en el país de las Maravillas. ¿Dónde estaría ella? ¿En el país de las Hadas? ¿En el país de las Golosinas? No lo sabía.
Esta es su historia. O la mía. O, incluso a veces, me atrevería a decir que la tuya. Toma de tu mano a tu mejor amiga, esa que vive en tu interior, tu imaginación y, si quieres, dejate arrastrar por los sueños -o pesadillas- que se pueden esconder bajo una cama.
¿Me dejas contarte un cuento?
¿Sabes qué te digo? Que yo estoy bien como estoy. Con todos los gorriones volando sobre mi cama. Dentro de mi mundo, en mi mundo, con mis sueños y mis canciones. Yo voy creciendo, poco a poco, a mi ritmo y pasando de todo. Dentro de mi mundo, en mi mundo, sin malos rollos i sin presiones. Yo voy creciendo, poco a poco, saboreando cada minuto como un tesoro.
Pero me vuelven con la canción: espabila o no harás nada bueno. A todas horas, en casa, en la escuela, estudia que no rascas bola. ¿Pero por qué tengo que estudiar? Si la rueda ya me atrapará. No quiero perder los mejores momentos aprendiendo que pasó hace tiempo.
Mamá, yo te digo, que ya estoy bien como estoy. Con todos los gorriones volando sobre mi cama. Dentro de mi mundo, en mi mundo, con mis sueños y mis canciones. Yo voy creciendo, poco a poco, a mi ritmo y pasando de todo. Dentro de mi mundo, en mi mundo, sin malos rollos i sin presiones. Yo voy creciendo, poco a poco, saboreando cada minuto como un tesoro.
Gritos. Peleas. Sueños que resbalan de las manos y se estampan contra el suelo, haciendose añicos. Pesadillas. Paranoyas. Responsabilidad, y más, y más, y más. Cada vez menos tiempo para perderse por los recovecos de la imaginación y crear ilusiones con un lápiz. Y no, no estaba de acuerdo.
Lu era su nombre. Quizás aún lo sea, quizás siga perdida por este o aquél mundo, contando cuantos puntos tienen las mariquitas en el caparazón, o saludando a las estrellas que descansan sobre las nubes de algodón. Pero lo que sí es cierto, y seguro, es que ella nunca quiso crecer. Quería ser como Peter Pan y volar hasta el país de Nunca Jamás, hacerse amiga de Campanilla, luchar contra los piratas, celebrar fiestas con los indios. Pero por más que dejara la ventana abierta y leyera cuentos de fantasía, Peter jamás la visitó. Estúpida Wendy, sólo puedes ir tú. Así que decidió buscar su propio Nunca Jamás. Y cada día, a media tarde, se escurría a las sombras que había bajo su cama, dejándose caer por aquél hueco hasta aquél extraño lugar. Se sentía como Alicia en el país de las Maravillas. ¿Dónde estaría ella? ¿En el país de las Hadas? ¿En el país de las Golosinas? No lo sabía.
Esta es su historia. O la mía. O, incluso a veces, me atrevería a decir que la tuya. Toma de tu mano a tu mejor amiga, esa que vive en tu interior, tu imaginación y, si quieres, dejate arrastrar por los sueños -o pesadillas- que se pueden esconder bajo una cama.
¿Me dejas contarte un cuento?
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